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Corazón del monte: la historia de un ganadero que apuesta por la vida

(English below)

En San Ignacio de Velasco, allí donde los caminos polvorientos se cruzan con los bosques, y el aire huele a tierra húmeda, vive Boris Colombara. La primera vez que lo conocimos, nos abrió los brazos en un gesto amable, como quien ofrece un abrazo al mundo. Detrás de esa bienvenida se escondía una historia única: la de un ganadero que se niega a deforestar, que ha decidido hacer de su propiedad un refugio para la vida y que busca, contra todo pronóstico, coexistir con el jaguar.

Su propiedad lleva el nombre de Cacarachi Santa Clara, Cacarachi en italiano significa “hijo querido”, no parece casualidad. Aquí, el monte no es un obstáculo, sino un aliado.

A la izquierda una propiedad ganadera que deforesta, a la derecha la propiedad Cacarachi Santa Clara, que realiza ganadería agroecológica

A la izquierda una propiedad ganadera que deforesta, a la derecha la propiedad Cacarachi Santa Clara, que realiza ganadería agroecológica.

En Cacarachi Santa Clara nos reciben también Don Joaquín y Pablo, comunarios que trabajan con Boris. Desde el inicio, se siente que ésta no es una estancia como cualquiera; no hay grandes áreas taladas ni potreros arrasados. El ganado camina bajo la sombra de los árboles, se alimenta entre senderos naturales y regresa por sí mismo al corral cada tarde.

Boris camina por su estancia cantando en voz alta, contagiando alegría. Su carisma da color al recorrido, mientras comparte su filosofía “Yo no tumbo monte, no deforesto con maquinaria. Hago ganadería agroecológica, siguiendo el ciclo de la naturaleza”, explica Boris con convicción. Sus palabras no son simples ideas, están respaldadas por más de cuatro décadas de trabajo familiar y por un conocimiento que se nutre tanto de la experiencia académica como de la observación atenta del bosque.

Ganado de Boris en su propiedad

El desafío de la coexistencia

Pero su apuesta por la naturaleza convive con una realidad difícil, los jaguares y pumas han matado decenas de terneros y potrillos en la propiedad. Una pérdida enorme que, afecta directamente el sustento de su familia y de quienes trabajan con él.

Boris nos relata una escena que presenció en su estancia y que lo marcó: Encontró a un potrillo recién nacido que había sido atacado por un jaguar, lo encontró ya sin vida. Al poco rato vio cómo la madre se acercaba, lo lamía y empujaba suavemente con la cabeza, como pidiéndole que reaccionara. “Ese es el Dios de Spinoza”, reflexiona Boris, evocando al filósofo del siglo XVII que veía a Dios no como un ser distante, sino como la naturaleza misma, presente en todo lo que ocurre. En el amor de esa madre, pero también en todo lo que sucede en la naturaleza.

En su mirada conviven dos certezas: la belleza del jaguar como parte de la creación y el dolor de verlo afectar su economía. “Es su casa, pero de esto vivimos… el jaguar no viene con un fajo de billetes a reponer lo que se lleva”, dice con franqueza. Sin embargo, Boris, en lugar de destruir, busca coexistir.

Cámaras que revelan la vida en el bosque

En una visita anterior, se instalaron cámaras trampa en distintos puntos de la propiedad. En esta ocasión, recorrimos Cacarachi junto a Boris para revisar las memorias de las cámaras luego de un mes en el monte, en compañía de Eliamne Gutiérrez, responsable del Programa de Manejo Integral de Fauna Silvestre de la Dirección de Recursos Naturales de la Gobernación de Santa Cruz, y Marco Aurelio Pinto, Oficial Técnico del Paisaje Chiquitanía Norte de WWF-Bolivia. Ellos, junto con Boris habían realizado la instalación inicial de las cámaras, parte de un esfuerzo conjunto que busca acompañar a Boris en sus prácticas agroecológicas y en el desafío de coexistir con el jaguar.

Lo que descubrimos fue un gran despliegue de biodiversidad que apareció frente a nuestros ojos. Aparecieron pumas, zorros, osos bandera, urinas, tejones, y algunos jaguares. Uno de ellos, de gran porte, fue bautizado como “Corazón” por Boris, al descubrir en su pelaje una roseta en forma de corazón.

“Este es el corazón del monte”, dijo Boris al ver las imágenes. Y tenía razón. Su propiedad, rodeada de áreas deforestadas, se convierte en un oasis para la vida silvestre, un refugio en un corredor biológico que conecta con el Parque Nacional Noel Kempff Mercado y con otras áreas protegidas.

En sus atajados también viven peces, patos y aves que encuentran allí un lugar para refrescarse. Boris sabe que en este entorno también hay potencial para el turismo de naturaleza y para proyectos productivos que fortalezcan la economía local sin dañar el bosque. “Tenemos ambiente sano, agua, biodiversidad… somos millonarios, aunque no tengamos plata en el bolsillo”, dice con humor.

Sin embargo, el reto es grande. Los ataques de jaguares afectan su sustento. Por eso, Boris pide apoyo, soluciones que permitan proteger al ganado y, al mismo tiempo, conservar al jaguar. Cercos eléctricos, mejores manejos, alternativas productivas; todo suma para lograr la coexistencia.

Una apuesta por la vida

Boris Colombara vive con un solo pulmón, tras un accidente que casi le costó la vida. Pero ese detalle no lo detiene: camina con alegría por su propiedad, canta mientras abre senderos y transmite entusiasmo en cada palabra. Su propiedad no solo produce carne; produce esperanza. “Cada persona tiene que seguir lo que le gusta. No es fácil esto. Te la pasas la vida de loco” dice Boris con una emoción que se deja ver en sus ojos.

Ahí está su verdad: elegir este camino no es sencillo, pero es posible. Su “locura” es, en realidad, un acto de amor hacia la tierra, hacia el monte y hacia la vida en todas sus formas.

Boris Colombara nos recuerda que la ganadería puede tener otro rostro: uno que no arrasa, sino que cuida; que no expulsa, sino que convive.

Entre cantos y árboles en pie, Cacarachi Santa Clara, es el corazón del monte; corazón que comparten Boris y el jaguar.

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Heart of the forest: the story of a farmer who is committed to life

 

In San Ignacio de Velasco, where dusty roads intersect with forests and the air smells of damp earth, lives Boris Colombara. The first time we met him, he opened his arms to us in a friendly gesture, as if offering a hug to the world. Behind that welcome lay a unique story: that of a rancher who refuses to deforest, who has decided to make his property a refuge for life and who seeks, against all odds, to coexist with the jaguar.

His property is called Cacarachi Santa Clara. Cacarachi means “beloved son” in Italian, which seems no coincidence. Here, the forest is not an obstacle, but an ally.

On the left, a cattle ranch that deforests; on the right, the Cacarachi Santa Clara property, which practices agroecological livestock farming.

At Cacarachi Santa Clara, we are also welcomed by Don Joaquín and Pablo, community members who work with Boris. From the outset, it is clear that this is not just any ranch; there are no large cleared areas or ravaged pastures. The cattle walk under the shade of the trees, feed along natural trails, and return to the corral on their own each afternoon.

Boris walks around his ranch singing loudly, spreading joy. His charisma adds color to the tour as he shares his philosophy: "I don't cut down trees or deforest with machinery. I practice agroecological livestock farming, following the cycle of nature," Boris explains with conviction. His words are not just ideas; they are backed by more than four decades of family work and knowledge nourished by both academic experience and careful observation of the forest.

Boris' cattle on his property

The challenge of coexistence

But his commitment to nature coexists with a difficult reality: jaguars and pumas have killed dozens of calves and foals on the property. This is a huge loss that directly affects the livelihood of his family and those who work with him.

Boris recounts a scene he witnessed on his ranch that left a lasting impression on him: he found a newborn foal that had been attacked by a jaguar, already dead. Shortly afterwards, he saw the mother approach, lick it, and gently push it with her head, as if asking it to react. “That is Spinoza's God,” reflects Boris, evoking the 17th-century philosopher who saw God not as a distant being, but as nature itself, present in everything that happens. In the love of that mother, but also in everything that happens in nature.

Two certainties coexist in his gaze: the beauty of the jaguar as part of creation and the pain of seeing it affect his livelihood. “It's their home, but this is how we make our living... the jaguar doesn't come with a wad of cash to replace what it takes,” he says frankly. However, instead of destroying, Boris seeks to coexist.

Cameras that reveal life in the forest

On a previous visit, camera traps were installed at various points on the property. On this occasion, we toured Cacarachi with Boris to review the cameras' memories after a month in the bush, accompanied by Eliamne Gutiérrez, head of the Comprehensive Wildlife Management Program of the Natural Resources Directorate of the Santa Cruz Government, and Marco Aurelio Pinto, Technical Officer of the Northern Chiquitanía Landscape of WWF-Bolivia. They, along with Boris, had carried out the initial installation of the cameras, part of a joint effort that seeks to accompany Boris in his agroecological practices and in the challenge of coexisting with the jaguar.

What we discovered was a great display of biodiversity that appeared before our eyes. Pumas, foxes, coatis, urinas, badgers, and some jaguars appeared. One of them, a large one, was named “Corazón” (Heart) by Boris, who discovered a heart-shaped rosette in its fur.

“This is the heart of the forest,” Boris said when he saw the images. And he was right. His property, surrounded by deforested areas, has become an oasis for wildlife, a refuge in a biological corridor that connects to Noel Kempff Mercado National Park and other protected areas.

Fish, ducks, and birds also live in his ponds, where they find a place to cool off. Boris knows that this environment also has potential for nature tourism and productive projects that strengthen the local economy without damaging the forest. “We have a healthy environment, water, biodiversity... we are millionaires, even if we don't have money in our pockets,” he says humorously.

However, the challenge is big. Jaguar attacks affect his livelihood. That is why Boris is asking for support, for solutions that will protect his livestock and, at the same time, conserve the jaguar. Electric fences, better management, productive alternatives—everything adds up to achieving coexistence.

A commitment to life

Boris Colombara lives with only one lung, after an accident that almost cost him his life. But that doesn't stop him: he walks happily around his property, singing as he clears paths and conveying enthusiasm in every word. His property not only produces meat; it produces hope. “Everyone has to follow what they love. It's not easy. You spend your life going crazy,” says Boris, with emotion visible in his eyes.

Therein lies the truth: choosing this path is not easy, but it is possible. His “madness” is, in reality, an act of love for the land, for the mountains, and for life in all its forms.

Boris Colombara reminds us that livestock farming can have another face: one that does not destroy, but cares; that does not expel, but coexists.

Amidst songs and standing trees, Cacarachi Santa Clara is the heart of the forest; a heart shared by Boris and the jaguar.

Boris Colombara
© CSuarez / WWF-Bolivia
Boris Colombara