Mujeres, madres y naturaleza | WWF

Mujeres, madres y naturaleza

Posted on
10 mayo 2020


Muchos pueblos alrededor del mundo consideran a la naturaleza como la gran madre dadora de vida. Esta idea no es ajena a los pueblos indígenas o a comunidades negras y campesinas de Colombia. A propósito del Día de la madre, hacemos un homenaje a la maternidad en estos territorios y a la forma como se relacionan las mujeres con la naturaleza para mantener esta interacción vital.

Para los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales negras y campesinas en nuestro país, la conexión con el mundo natural es evidente y está presente en todas las etapas de la vida. Desde los alimentos que se cultivan o se recogen del monte o en el recurso que se pesca o se caza para su subsistencia. Este vínculo es evidente también en los usos de plantas cultivadas o de los bosques que conocen especialmente las mujeres: algunas hojas y raíces, ciertos árboles que calman dolores, sanan las heridas, fortalecen el cuerpo y mejoran la lactancia, entre muchos otros.

Por esto, en muchas culturas, las mujeres guardan un gran conocimiento sobre los beneficios de la naturaleza: las plantas que curan y las que hacen daño; durante años, las han convertido en grandes aliadas para dar vida y para mantener su salud y la de sus pueblos. Desde sus roles tradicionales, las mujeres han sido ligadas al cuidado. Conozcamos un poco de estas tradiciones en tres ejemplos del suroccidente colombiano.


La gestación y el nacimiento


Uno de los relatos más tradicionales del pueblo indígena Awá dice que, hace mucho tiempo, los árboles y las aves conversaban entre ellos y, a su vez, conversaban con las personas. Cuando una mujer estaba embarazada y a punto de dar a luz, los árboles, en sus conversaciones, deseaban que naciera una niña porque ellas no los cortarían. Por su parte, los pájaros siempre esperaban que el bebé fuera un niño, pues se podrían alimentar de sus cultivos al tumbar la selva y sembrar. Así que siempre, cuando nace un niño, los pájaros cantan y están felices; mientras que cuando llega al mundo una niña awá, son la selva y los árboles los que celebran.

Los Inkal Awá (que en lengua awapit significa “gente de la montaña”) están ubicados en un territorio de grandes bosques compartidos entre los departamentos de Putumayo y Nariño (sur de Colombia) y la provincia del Carchi (norte de Ecuador). Sus cuatro organizaciones conforman la Gran Familia Awá Binacional. Esta historia es, tal vez, un relato que pretende enseñar la importancia de cuidar la selva y de establecer los sembríos sin destruir los árboles. Pero también destaca el rol tradicional de las mujeres awá como recolectoras, cultivadoras y cuidadoras.

Subiendo la cordillera de los Andes, en el departamento de Nariño, se encuentra el pueblo Quillasinga. Concepción Matabanchoy, conocida como Conchita, cuenta que para ellos la partera tiene un rol fundamental en la gestación del bebé. Es ella quien “prepara a la futura mamá con una limpieza del cuerpo para el ‘ciclo cósmico’ que se realiza con diferentes plantas medicinales”. Si el bebé está en mala posición, se acomoda a través del “manteo”, una práctica en que se mueve y mece a la mamá para ayudarle a encontrar una mejor posición al bebé.

En el parto la madre se pone en cuclillas o en posición fetal. Cuando nace el bebé, se espera a que la placenta –esa “acompañante” que lo alimentó y protegió durante la gestación- se enfríe para cortarla. La placenta se entierra cerca al fuego para mantenerla caliente como parte de un ritual que conecta a la nueva vida con la madre Tierra. Si el recién nacido llora es porque la “compañera” quedó mal sembrada. Entonces se desentierra, se acomoda y se cubre con plantas dulces y amargas como ruda, manzanilla, romero, entre otras.

Algo similar sucede en las comunidades negras tradicionales del Pacífico colombiano, donde la partera es una líder espiritual y social de gran importancia para la comunidad. “Es la mamá de todas y todos. Ella conoce cuáles plantas sirven para el embarazo y cuáles para el parto, sabe cómo cogerlas, en qué época, en qué luna y cuáles tienen espíritus”, explica María Campo, perteneciente a una comunidad del Pacífico colombiano. Las plantas ayudan desde el momento de la gestación. “Por eso, cuando se extingue una especie es una pérdida brutal para la comunidad, por el conocimiento que trascendió de generación a generación”.

En estas comunidades, el pacto simbólico de la ombligada, cuando nace el niño o niña, consiste en usar plantas, animales, metales o minerales, como el oro, con el fin de curar el ombligo y de transferirle las propiedades de ese elemento a la nueva vida. “La placenta y el cordón umbilical son enterradas debajo de un árbol que delimita el territorio en el que nacimos. Establecemos una conexión muy fuerte entre nuestra existencia y la tierra donde está el ombligo”, por eso, cuando la comunidad se ve obligada a dejarla no perdemos solo un espacio sino un territorio con el que tenemos una conexión física y espiritual desde que nacimos”.

En el pueblo awá, las mujeres son conocedoras de plantas medicinales que ellas mismas cultivan en sus casas. Sus usos varían y existen plantas que ayudan cuando hay problemas menstruales o dificultades para concebir, como la Hoja de Chivo [Hyptis sp. (Labiatae)], o cuando se ha pasado de tiempo el alumbramiento (dar a luz) y se hierve un buen manojo de hojas de naranjilla espinosa y altamisa con poca agua para hacer masajes en el vientre. Y cuando los niños se demoran más de lo normal en caminar, se usa el tiatino (Scoparia dulcis).

No obstante, y aunque casi siempre la partería se asocia a las mujeres, en el pueblo awá existen hombres parteros y, en general, son los esposos quienes atienden los partos. Aunque hoy existen poblados más grandes, la partería masculina puede estar relacionada con el hecho de que viven en el bosque, en casas muy aisladas unas de otras. Así pues, la espera de una partera que esté lejos podría poner en peligro la vida de la madre y su bebé.

La educación en comunidad


“En el pueblo negro hay una necesidad de preservar la naturaleza porque somos una misma; nuestra vida depende de ella”, comenta María Campo. En su cosmovisión y cosmogonía existen seres en el mundo de arriba y de abajo. Los de arriba son cuidadores y están representados en árboles y animales. Las madres educan a sus niños y niñas con respeto por el entorno y por lo desconocido.Al “monteadentro”, (la selva) por ejemplo, se entra con permiso, porque de lo contrario, es posible que se enrede en la selva y no se vuelva a salir.

En el pueblo awá, las madres son las principales responsables de que las nuevas generaciones hablen en awapit. La lengua de un pueblo es uno de los grandes medios para mantener viva la cultura, así como las prácticas de cuidado y respeto por la naturaleza. “Los niños y niñas permanecen en casa hasta los cinco años. La mamá y las hermanas mayores son las encargadas de la crianza y de transmitirles a ambos géneros todo lo relacionado con el mundo doméstico: cocinar, cuidar la ropa, cuidar la casa y a los pequeños animales que hay alrededor, como gallinas y cerdos, y a las plantas cultivadas”, explica María Fernanda Jaramillo, antropóloga y especialista en Sistematización y Aprendizajes de WWF-Colombia.

Los padres y madres awá son muy amorosos con sus hijos e hijas, y la educación en sus primeros años también se acompaña de historias que les comparten junto con sus abuelos y abuelas. Lo hacen alrededor del fogón cuando se sientan juntos para comer. Las historias de animales de monte, como los osos, suelen contarlas más los padres, ya que su rol masculino los lleva más al bosque. Por su parte, las madres narran a sus hijos historias sobre los lugares que frecuentan para sus labores, como las quebradas y ríos.

Así pues, aunque las culturas y pueblos ancestrales de nuestro país son tan diversos como los territorios que habitan, la relación ancestral con la naturaleza y las prácticas compartidas de madres a hijos e hijas ha permitido que aún existan ecosistemas bien conservados. Hoy, precisamente, celebramos a estas madres que, como la naturaleza misma, sustentan la vida de sus pueblos en muchos sentidos.